Mientras el cuerpo
levitaba en el baño, se leía: "Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción
hasta biológica" Se preguntaba
acerca del atrevimiento y de cómo parecía brotar de ese "hasta" que
copulaba entre lo biológico y la contradicción. Cuanta rebeldía se escurría de
aquellos azulejos, cuanto marcador rosa, cuántas vidas se diluían en lo
revolucionario, cuántas vidas se perdían en lo biológico. Se preguntaba cuántos
hilos se entrecruzarían para tejer todo esto, recordando aquella voz que repetia, cuántas vidas habían cedido para esta
vida. Y hasta lo biológico de la cuestión le apelaba. Era tan grande su
mano que lo emanado del asunto siempre quedaba atrapado en su nariz. Sus hilos en sus
tejidos, ni siquiera entre ellos sino fijado, sujetado a estos. ¿Qué ha pasado
con los cuerpos? Y digo cuerpos, no cuerpo, digo existencias no existencia.
Unos en lo otro, entre los otros, perdidos, vagabundos,
hundidos en los múltiples sentidos, en las figuras que los toman, los corrompen
obligándolos, obligándolos a hacerse llamar uno. Ilusorio corazón, ilusorio
vos, ilusorio yo, ilusoria toda esta locura, todo este lote del cual somos
producto. Y quizás algún día expire y con él expiremos todos, todos los cuerpos
que toman subtes, los cuerpos que obedecen, los cuerpos que se alimentan, que
beben, que copulan, los cuerpos que atribuyen, que complotan, que ejecutan catálogos,
los cuerpos de los cuales se vive. Eterna simbiosis, escurridiza. Callejonezca relación
que entreteje, se esparce, oculta negrura, engendro del poder, la mano de
nuevo, esta vez nalgueando los cuerpos. La mano está en todos lados, no solo
como trozo de carne. La mano, las marcas, las miradas permanecen. Los cuerpos que son ejecutados, otros expiran, otros son reemplazados.
¿Y qué es esto de
ser joven? Ni hablar de ser revolucionario. Pues acá no hay juventud de los
cuerpos. Si queda algo de todo esto, si aun hay algo de juventud, es más bien
lo juvenil tomando los cuerpos, afectándolos, bañándolos de arrugas que se
des-pliegan para velar, dislocar quizás esa mano, la que sanciona, divide,
golpea, nalguea. Y entre lo dicho se escapa lo revolucionario. La pasión del ni.
Eso sí que es revolucionario. Ni, ni, ni de derecha ni de izquierda, ni joven
ni viejo, ni mujer ni hombre, ni profesor ni alumno. Ser es una contradicción. Ser algo es una contradicción. Contradicción biológica-sociológica-económica-política-cultural-lógica- contextual-de las formas-semiológica
y quien sabe de qué más. Ese acostumbramiento a la fijeza que asquea al cuerpo. Este cuerpo atribuye los dolores de cabeza a ello. Atribuye el callar a ello ¿Y de qué se hace cargo el cuerpo? ¿Acaso no hay responsabilidad? Si, la hay.
Es la responsabilidad por interrogarse, por percatarse de que hay algo próximo a la tensión, en eso que llamo "mi discurso" en el
discurso del otro, en las miradas de la multitud, en los temas de esa canción.
Pues no se trata de ponerse la camiseta, la etiqueta de eso, ser joven, ser
revolucionario. Si hay un yo, en todo caso diría: "quiero ser contradicción"
al menos no moriría de fijeza o sumergido en ella, no moriría fijado a algo, a
ello, a todos ustedes. O mejor aún, diría que quiere ser ese "hasta"
que copula con la contradicción y con lo biológico, ese "ni" del asunto, eso que
potencia los sentidos hasta desbaratarlos y hacerlos caer. Una contradicción
"hasta" biológica, ser un “hasta” que empuje la idea, una mano
que teja desde el olvido, esa que nunca se olvida de la potencia del que
incomoda, del des-confort, de la no técnica, de lo no genérico, de la mano
quebrada, doblada por accidente, de lo frágil de toda esta vida, de todo este
entramado, lo frágil del sistema, de sus hilos, de nosotros, lo frágil de la orientación,
lo frágil de estos senderos, de la ciudad o las ciudades, del niño de la plaza. Lo frágil. Lo frágil del
lote que aún no ha expirado. Pues, ¿aún no hemos expirado, no?
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