lunes, 21 de abril de 2014

Contradiccion

Mientras el cuerpo levitaba en el baño, se leía: "Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica" Se preguntaba acerca del atrevimiento y de cómo parecía brotar de ese "hasta" que copulaba entre lo biológico y la contradicción. Cuanta rebeldía se escurría de aquellos azulejos, cuanto marcador rosa, cuántas vidas se diluían en lo revolucionario, cuántas vidas se perdían en lo biológico. Se preguntaba cuántos hilos se entrecruzarían para tejer todo esto, recordando aquella voz que repetia, cuántas vidas habían cedido para esta vida. Y hasta lo biológico de la cuestión le apelaba. Era tan grande su mano que lo emanado del asunto siempre quedaba atrapado en su nariz. Sus hilos en sus tejidos, ni siquiera entre ellos sino fijado, sujetado a estos. ¿Qué ha pasado con los cuerpos? Y digo cuerpos, no cuerpo, digo existencias no existencia. Unos en lo otro, entre los otros, perdidos, vagabundos, hundidos en los múltiples sentidos, en las figuras que los toman, los corrompen obligándolos, obligándolos a hacerse llamar uno. Ilusorio corazón, ilusorio vos, ilusorio yo, ilusoria toda esta locura, todo este lote del cual somos producto. Y quizás algún día expire y con él expiremos todos, todos los cuerpos que toman subtes, los cuerpos que obedecen, los cuerpos que se alimentan, que beben, que copulan, los cuerpos que atribuyen, que complotan, que ejecutan catálogos, los cuerpos de los cuales se vive. Eterna simbiosis, escurridiza. Callejonezca relación que entreteje, se esparce, oculta negrura, engendro del poder, la mano de nuevo, esta vez nalgueando los cuerpos. La mano está en todos lados, no solo como trozo de carne. La mano, las marcas, las miradas permanecen. Los cuerpos que son ejecutados, otros expiran, otros son reemplazados.
¿Y qué es esto de ser joven? Ni hablar de ser revolucionario. Pues acá no hay juventud de los cuerpos. Si queda algo de todo esto, si aun hay algo de juventud, es más bien lo juvenil tomando los cuerpos, afectándolos, bañándolos de arrugas que se des-pliegan para velar, dislocar quizás esa mano, la que sanciona, divide, golpea, nalguea. Y entre lo dicho se escapa lo revolucionario. La pasión del ni. Eso sí que es revolucionario. Ni, ni, ni de derecha ni de izquierda, ni joven ni viejo, ni mujer ni hombre, ni profesor ni alumno. Ser es una contradicción. Ser algo es una contradicción. Contradicción biológica-sociológica-económica-política-cultural-lógica-contextual-de las formas-semiológica y quien sabe de qué más. Ese acostumbramiento a la fijeza que asquea al cuerpo. Este cuerpo atribuye los dolores de cabeza a ello. Atribuye el callar a ello ¿Y de qué se hace cargo el cuerpo? ¿Acaso no hay responsabilidad? Si, la hay. Es la responsabilidad por interrogarse, por percatarse de que hay algo próximo a la tensión, en eso que llamo "mi discurso" en el discurso del otro, en las miradas de la multitud, en los temas de esa canción. Pues no se trata de ponerse la camiseta, la etiqueta de eso, ser joven, ser revolucionario. Si hay un yo, en todo caso diría: "quiero ser contradicción" al menos no moriría de fijeza o sumergido en ella, no moriría fijado a algo, a ello, a todos ustedes. O mejor aún, diría que quiere ser ese "hasta" que copula con la contradicción y con lo biológico, ese "ni" del asunto, eso que potencia los sentidos hasta desbaratarlos y hacerlos caer. Una contradicción "hasta" biológica, ser un “hasta” que empuje la idea, una mano que teja desde el olvido, esa que nunca se olvida de la potencia del que incomoda, del des-confort, de la no técnica, de lo no genérico, de la mano quebrada, doblada por accidente, de lo frágil de toda esta vida, de todo este entramado, lo frágil del sistema, de sus hilos, de nosotros, lo frágil de la orientación, lo frágil de estos senderos, de la ciudad o las ciudades, del niño de la plaza. Lo frágil. Lo frágil del lote que aún no ha expirado. Pues, ¿aún no hemos expirado, no?

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