Que dolor saber que yo también
soy parte de ello, y decir hoy sin saber dónde andarán, masticar eso sin
haberlo probado y viajar con unos cuantos desconocidos sin haberlos conocido. ¿Cuán
invisible es todo esto? ¿Cuánto de ilusión hay en cada lugar que creemos
ocupar? Solo me quedan los divagues y el plato de comida al llegar. Solo me
queda escribir, y más aún ni siquiera me queda a mí pues ni ella me pertenece. Más
bien es todo esto lo que me escribe a mí. La falta, la falta de todo me
aprisiona, me obliga a escribir, a creer que le escribo a alguien, a algo por
venir, a algo ya dicho o por decir. ¿Quién sabe? ¿Importa acaso? Mas no tiene
importancia que hay algo siniestro operando en el cuerpo, hay algo raro en todo
este mareo crepuscular que persiste, que intenta arrojar indicios, destellos de
lo ilusorio que aparenta el ser. Pues no soy nada, soy fruto del azar y Cioran
lo sabrá mejor que quien se hace llamar yo. No soy nada más que un continuo
desequilibrio que intenta romper en llanto a menudo, no soy más que el vómito de
un viaje de tren, más que el acompañante de la muchacha que jugaba en el vagón,
de las vías pasar, lo amarronado de ellas y el olor a detención y demora. Y la
esperanza asoma, pregunta si acaso hay algo en la nada, algo implícito, recóndito,
oculto, algo por manifestarse entre tanta pesadez, ¿acaso hay algo de
liviandad? ¿Algo que descomprima el pecho? ¿Algo que libere al cuerpo de tanta opresión?
Una voz se arriesga y pretende redimirse, liberar con la escritura, salvarse
con el abrazo último, el reposo infinito en ella, en descansar, descansar
pidiendo paz sin morir aun, en la promesa de que algo ataje entre tanta opresión.
Y es ella, es ella la que al pensarme me ataja y me arropa entre sus frases. El
zapato que apreta, los pasos que no hacen más que afianzarse al desequilibrio,
al caos. El desorden de las emociones, un cuerpo que ha sido tomado, la ficción corrosiva que lo ha penetrado, ella, la certeza del control de sí mismo. El falso control de nuestras vidas, la falacia
se adelanta, toma, copula, atrae a las palabras hacia una lógica que ordena.
Nuestras vidas. Nuestros asientos, nuestros trabajos, nuestras carreras,
nuestras lapiceras, nuestros juegos, nuestras estaciones, nuestros barrios,
nuestras casas, nuestras cenas, nuestros novios, nuestros pensamientos,
nuestros dolores. ¿Es mío todo esto? ¿Es mío este dolor? ¿Es esta voz actual? ¿Es
esta persistencia, reciente? ¿Acaso puede este malestar nacer de
"uno"? ¿Puede esta opresión no ser más que el grito de una hija
desaparecida, las muertes ignoradas y aquel que ignora esas muertes? Puede que
me la haya buscado, que se corra el velo y se espíe por momentos. Destellos,
espasmos, ilusiones nuevamente de lo oscuro, de esa mano imprimiendo marcas,
dictando, sancionando, clasificando. La marca del catálogo, catalogo falaz que
oprime, si es ella. Es ella lo sé, pero esto no va mas allá, no va más allá de
lo que se me presenta, de lo que merodea estas palabras. ¿Qué hacer con una ficción
tan grande? Con un oscuro núcleo que fuertemente atrae consigo todo lo que he
estado llamando vida ¿Qué hacer con todo esto? He aquí un problema.
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