sábado, 30 de agosto de 2014

la parmujer

Escucho. Escucho voces que me son dadas, voces que remiten a un yo, a una identidad que se ha creido, que se creyó pura y que ha creído que nunca se desmoronaría. Escucho voces que van y vienen. Me creo paranoia. Me piensa la paranoia, si a mi, a esto que creía entero, puro, inquebrantable. El cuerpo siente que algo no esta bien. Que hay parásitos que se alimentan de él. Escribe y lleva al estallido de una metáfora. Se calla y se traga lo que creyó su angustia. ¿Por que callar? ¿Por que callar todo esto? ¿Con que sentido? Le dicen que vive, sí... que vive, que todo esto es vida. Vive en la orilla porque no lo cree vida, la vida acaba creyéndolo todo, acaba, acaba creyendo al cuerpo que nunca cae. Se siente, se puede sentir las extremidades, ellas levitan sobre un torso que arrastra la intensidad de muchas existencias. La fragmentación de una ilusión, pedazos de su ser en mil claves. Un desciframiento, varios enigmas que hacen al cuerpo. El auto negro le pasa por el costado, le dicen algo pero no entiende. Esta cerrada, encerrada en palabras sin sentido para ella. Sin sentido para nadie. Adora el caos y como este la obliga a escribir. Adora el caos porque es lo único que sostiene esos fragmentos de existencia que cree suyos. Le cuentan historias, relatos pero no los cree, los toma entre pinzas, las mismas pinzas con las que le dieron de comer, las mismas pinzas con las que la removieron del útero de su madre. No recuerda que mierda había estado diciendo, no recuerda una mierda de todo esto. No sabe que dice, solo que dice. Se cree escuchar voces pero sabe que las voces no son para ella, que estas nunca le pertenecieron, que solo se reúnen en su lecho todas las noches. Si, quizás le han quitado la voz en algún momento. La mujer de naranja, las sirenas azules, la barba del amigo, la vida se le iba, se le escapaba de lo que creía sus manos, ellas se iban, se alejaban de todo esto, de todo se alejaba y ella debía decidir si continuar con la ficción que habían construido alrededor suyo. Ya estaba jodida, estaba bien jodida. Había escuchado una voz el día de su cumpleaños, la voz de una mujer parloteando. No recuerda lo que ésta decía, recuerda apenas el suave tono, desconocido, no familiar, visible. Un susurro quizás, el susurro que anticipaba su locura tal vez. Quizá debería hacerse de la idea de partir. De alejarse, de doblar en la avenida, doblar y perderse en el atajo. Deshacerse de todo lo que habían estado construyendo a su alrededor. No tenia ni la menor idea de como hacerlo, como empezar. Prefería hundirse en las sabanas, tapar sus narices. Ni siquiera tenia las agallas de hablar en primera persona. La cuestión era tal que había velado al yo, quería que este desapareciera, que se perdiese para siempre en un instante quizás, en un estornudo o un vomito. Si, un vomito seria mejor. Un vomito de todas las fachadas que habían estado habitándola, cortarla en dos, diez, cientos de pedazos y nunca reunirlos. Quería estallar en algo, aunque sea en locura. Creer en que podía ser algo ser esa ínfima partícula, leve, minúscula, libre. Comenzaba a dolerle el hecho de que se encuentre levitando todo el tiempo. Quería abandonar el acto de merodear por las noches la cabeza de un otro. Quería abandonarse ella, abandonar esa extraña figura que la ciudad había estado gobernando, ese siendo cotidiano. Quería despojarse de la mentira, de las ficciones, de lo que creyó tener. Despojarse, vomitar y exiliarse. Este relato parece no escaparle a esto, una parte cree escuchar y otra se calla. Una parte se apropia y otra cree escaparle. No quiere drogas, ni un vaso, persigue una utopía, persigue otra mentira, persigue una libertad, una pizca de ella al menos, y no la encuentra mas que en un manojo de palabras, en el conjunto de letras y palabras que se asoman tímidas desatando la angustia, desatando la intensidad de un cuerpo al que le hicieron creer que no da mas. Por momentos quiere gritar, por momentos quiere romper en llanto, librarse de la opresión, de esa que contiene tanto malestar, tantas potencias acalladas. Ese beso que nunca regresó dos veces a la boca, esa caricia que se contuvo. No había parcialidades para este costado, no había cabida para las pizcas, para los atajos, para las fabulas. No, no en esta vida, no en este camino. No en estos pasos que la dirigían hacia la perdición, no había mas que pavimento, cemento, arboles poco frondosos que nublaran todo lo que había estado escuchando. Miró las copas, alzó la mirada y continuó caminando por el pavimento cómo si nunca hubiese perdido la capacidad de discernir entre lo fugitiva de su alma y la condición de sus pensamientos.

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