Desearía, si es que de tal manera puedo llamar a este impulso que logra
desencajar cada gesto por perdurar en el rostro, que
estas voces merodeantes nunca se plasmaran, que no deban merecer jamás tal
destino, tanta fijeza. Sin embargo, debo de hacerlo, debo obligarlas a copular
con el papel, a perseguir cada línea, cada hoja en blanco, a saber, degustar
la mismísima responsabilidad de escribir, de escribirte, de
aprehenderte en cada pliegue del papel, en cada susurro y en
cada melodía que vibra.
Todo esto lleva al cuerpo a preguntar por qué estos
pasos se dirigen conformes a la multitud. Como si cayeran
uno tras otro como el tambor, marcando el ritmo de
una melodía en
constante repetición, automática pieza de inconveniencia. Así,
rígida y tiesa se le presentan a estos ojos, una melodía muerta
sin objetivos ni disparidades. Un modo más de estar. El de
permanecer, disperso, sin fugar, sin converger en multiplicidades jamás, con
los pies arrogantes sin reír, sin vivir una vida que invita a
recrear ficciones, a estallar en una, dos, miles de fisiones
cual átomo. ¿Y qué hacer con todo esto? Se me pregunta desde el interior,
se corrompe la piel y estalla en una capa subcutánea: ¿Qué hacer con todo
lo que me rodea? ¿Qué hacer con mi inconformidad? Porque si, sé que ella
es mía. Me ha sido atribuida. Yo la poseo y la gozo en cada sorbo amargo
que bebo de esta cotidianeidad, irremediable automatismo que me
acecha día y noche. Ella amanece entre lo que he denominado “mis”
piernas, ella descansa, reposa entre “mis” sueños, se ríe desde
lo más profundo de “mi” arrogancia, se embebe en “mi” sangre occidental
que lamenta la barbarie de este lenguaje, la ocupación de roles,
la tempestad de las figuras azotando un cuerpo. Es ella sí, la que apenas
se asoma con un susurro, implícito, suave, tierno. Aún caliente se
presenta y me anticipa con cierta arrogancia que aun este cuerpo esta
tierno, inmaduro frente a toda la vida que le cae sobre sus
espaldas, así como fue concebida, como el hambre y la droga que
degrada la carne, así como la primer fisión que origino
todo esto, así como la primer ficción que ha desatado este
breve pasaje.
Y como si todo pareciera tener cierto orden
prejuzgado, se hace presente ante estos ojos, un niño al cual se le niega el
saludo, el beso, el buen día. ¿Quién es este niño? ¿Qué es este
niño más no ha sido efecto, efecto de toda esta cúpula de
cuerpos que se embrollan en el tren? ¿Y quién le niega el beso al niño? ¿Quién
le niega la mirada? Los cuerpos niegan y luego existen o persisten. Ciego,
oculto bajo el sucio velo con el que he sido mal bendecida desde
el día en que mi madre abrió sus piernas para arrojarme a
las manos de quien ha sabido atajar a esta existencia, desde ese día en
que todos nos entregamos al deseo, al deseo de alguien, de
alguna máquina, quien sabe, quizás de algún accidente que
finalmente ocurrió.
La conformidad viaja, se sube al tren, emprende su
viaje por la ciudad, toma colectivos, se come un pancho junto al andén, piropea
a la muchacha de falda, la conformidad vende chocolates en
el vagón 2224, fuma porro en el furgón. La conformidad no
besa al niño. La conformidad oculta, llora en silencio, en el costado más lúgubre de
su existencia, perdido ahí, lo llora, lo llora en otro plano
y así lo pierde, lo pierde entre lo cotidiano, lo abandona entre
las páginas del diario, entre las teclas del teléfono, entre la
pestilencia que ha engendrado la indiferencia. La conformidad empuja y
obliga a los cuerpos a desatender, a olvidar, los cuerpos que solo asienten.
Empuja, empuja y los cuerpos continúan, escriben, toman nota, creen lo
dicho, escupen discursos, vomitan textos que han sido bien digeridos. La conformidad habla, se esconde o no entre las palabras “bien habladas”, entre la
crítica desde el sentido común, desde el rol asumido, desde
la jerarquía y el estatus atribuido,
desde el egoísmo y la desamistad de ideas. Lo mío y solo mío. El
pibe pasa con una coca, la bebe y continúa caminando. Se pregunta alguna
voz: ¿Por qué el pibe irrumpe junto a todo este mosaico de miserias? ¿Qué papel
juega el pibe y la coca en todo esto?
Y quizás no pueda el cuerpo actuar, preso de
una inhabilidad para escaparle a lo obtuso de un relato único, a
lo perverso del sentido común y a su idea de la vida
fundida en tintes rosas.
Pero sí quizás pueda pensar, transmutar el silencio,
metamorfosearlo, replegarlo y luego hacerlo chocar. Pero, ¿chocar con qué?
Hacerlo chocar con él mismo, con lo ficcional de ello, con todos aquellos relatos
infinitos, todas esas fugas que se mueven con el viento, escapándole a la
decadente risotada que esboza la arrogancia,
para algún día quizás inesperadamente devenir.
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