« ¡Prefiero estar sentado en el tonel bajo un cielo cubierto, prefiero estar sentado sin cielo en el abismo, que verte a ti, cielo de luz, manchado con nubes pasajeras! » Friedrich Nietzsche
lunes, 12 de agosto de 2013
confortable oir
Se convencía día a día que nunca podría superarlo, que nunca se animaría a dar un solo paso sin sentir antes la bocanada de aire que la llenaba todas las mañanas. Sus brazos le pesaban, su piernas inmóviles le causaban un cosquilleo insoportable, sus ojos como dos enormes persianas se abrían para luego caer en el atardecer. El éxtasis de la inconsciencia, el delirio de la ceguera, la vibración de la multitud, la calidez de aquella voz que le había estado susurrando todo este tiempo. Todos, todos reunidos eran oídos por ella. Ninguno se dejaría abrazar por el azar de aquella noche. Todos atravesaron su cuerpo, todos cruzaron sus miradas y culminaron en ella. Se sentaron, tomaron un trago y se apreciaron por un buen rato, como si se entendiesen, como si sus ojos nunca se hubiesen movido de aquel rincón. Siempre se decía a sí misma que lo único que nunca cambiaría sería la música. El misterio con el que ella se movía, imperfecta, enloqueciendo los tibios cuerpos que gobernaban las calles. Ya no recordaba cuantas veces había oído aquella canción, no le importaba mucho contarlas tan solo quería escucharla una vez más. Quería tratar de entenderla, quería tratar de descifrarla, tratar de adentrarse, de descubrirla pero aun no encontraba la manera. Cansada, olvido cómo despertarse del sueño, creyó que si volvía a escuchar la canción, esta la guiaría a casa. Comenzó a tararear, detrás aparecieron las guitarras, luego el bajo, un leve tambor y por último una voz, una fría pero extrañamente confortable voz. Ningún camino lograba dibujarse en su cabeza, nada se imaginaba, una vez más, la somnolienta tomó el vaso de agua y lo arrojó. El agua se derramó y ella lloró. Tomó el teléfono y recordó el número. Llamó y continuo la canción, se encontró con una voz aún más fría, apática y arrogante que tardó en contestar. Solo quería su melodía, solo quería escucharla a ella, a ella perforando sus oídos, a ella ahogándose en el dolor, mordiéndose los labios hasta sangrar, llorando hasta que sus ojos ardiesen, viviendo hasta desear su muerte.
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