lunes, 29 de septiembre de 2014

quiza

Mientras el cielo me forzaba a posar los ojos sobre él, mientras el asiento del colectivo alojaba los músculos y la rigidez de un par de piernas, mientras el aire penetraba el cuerpo y la imagen de aquel trago de vino merodeaba las narices, mientras todo esto acontecía alrededor algo ayudó a vislumbrar que no hay tal quien que decida hacer entrar al aire. Pudo entender, gracias a su constante y efímero ingreso, que los añicos de un cuerpo se reunían en un cálido susurro, que todas estas fachadas comulgaban por la noche y gozaban de un pedazo de carne que siempre se supo extraño. Había leído las palabras de una voz, una voz que desde el primer instante en que se posó en el oír calentó todas las frías extremidades. Una voz que supo habitar en la deriva de aquel océano de voces, una voz que se recortaba entre miles, una voz que vibraba tanto como el punto culmine de la noche y el acabar de mil mujeres. Los pedazos que restaban seguían cayendo. Caían con cada lágrima, caían con cada paso que enfermaba de automatismo. Sabía que aun en la ficticia reunión, los fragmentos engendrarían una pestilencia, sabía que una multitud de miradas esperaban para devorarse el indisciplinado cuerpo. Sabían estas hábiles intrusas de qué manera penetrar en cada fragmento, sabían como ingresar en ellos y pulverizarlos, sumergirlos en la ínfima minucia que alguna vez fueron, ellas sabían del erotismo con el que cargaban, sabían de su arma, de su existencia perversa, sabían del sufrimiento y las vidas que transcurrían levitando, sabían de los pasajes y desamores, sabían de todos esos temas de mujeres y hombres, sabían de los minúsculos nervios que entramaban un cuerpo. Pero no sabían de lo incapturable, no sabían del brillo que se posaba en la mirada, del denso humo agrietando una boca, del choque de la extrañeza, de los dedos de la madre tocar un clásico susurro de miel, no sabían de los detalles, eran incapaces de dejarse asombrar por ellos, por un vacío que invite la posibilidad. La soledad que estalla en el arrojo de cada palabra escrita, en saberse penetrado por el aire, fulminarse entre sensibilidades, permitirse advenir por momentos despoblado de blindajes, quizá, sumergirse en la sublime fatalidad de vivir no-siendo.

La mujer dejaba caer su cuerpo mientras aceptaba que se hallaba equivocada, entre luces verdes y bocinas merodeaba el recuerdo de todos los errores. El olor a mandarina de la muchacha de pelo largo gobernaba el bienestar de una existencia en el 19. La mirada de aquel cuerpo de espaldas parecía fijada a todo lo que el recorrido dejaba detrás... Las palabras salían, se estrellaban contra lentes miopes y risas burlonas. Aquella voz había incurrido en (si de algún modo pudiese decirse) el mejor error útil, aquel que había estado entre las máscaras de una existencia. Los pies que marchaban sobre nidos, los pies que descubrían el fracaso de ser, el intento de apresarlo todo, el intento de volverlo suyo, de alojar las caricias de algo más que música, el susurro de un amor quizá, de habitar aquello que no se puede explicar, un descanso de todo esto, un oasis entre cuerpos que no dejan de desertar. La voz que supo alojar otras voces se movía una vez más, calentaba cuerpos... Vaya uno a saber por qué la piel se electrizaba y los pelos se erizaban... Vaya uno a saber por qué ese cuerpo se hallaba ahí casi todos los lunes, vaya uno a saber cómo se acaba sumergido en tantos errores útiles y en otros no tan útiles. Vaya uno a saber cuándo acabar, cuando beber, cuando caminar y cuando correr. Vaya uno a saber cuándo estrechar una mano y cuando guardarla. Malditas distancias concebidas como ciertas. ¿Qué hacer con la incertidumbre comandando? ¿Acaso con su dominio todo se vuelve posible? ¿Todo limite se desdibuja? ¿La música resulta voces tomadas por la angustia, la angustia voces que permanecen? ¿Se puede habitar el oasis? ¿O tan solo es un "ni" inhabitable? ¿Se puede vivir en los intersticios de aquello que se pretende certeza? ¿Cómo dejarse atravesar y no acabar perdiéndose en el vivir interceptado? ¿Cómo blindarse? ¿Cómo alojar el blindaje? ¿Cómo arropar la cercanía sin enamorarse? 

Un fallido amor le reclama paz, le insinúa que la terapia traería paz a su vida. La respuesta teñida en impulsividad, toma violentamente al cuerpo que le arroja al joven muchacho: "No existe tal paz, solo hay lucha y tensión" 
Hasta el día de hoy, en que me hallo entre canciones fragmentadas, dedos que recorren los pasamanos, cabezas que se apoyan en hombros masculinos, hasta el día en que otra vez, me pierdo entre las voces de una clase, hasta este día algo piensa: ¿Que sería de los cuerpos sin esta lucha constante? ¿Habría paz? ¿o acaso habría más paz ficcionando una vida? ¿Acaso la ficción me hubiese regalado una captura incierta? ¿Acaso me hubiese permitido habitar un "mi" que nos fabule juntos, que nos pretenda uno? ¿Cómo vivir sabiendo que hay tanta potencia alrededor? ¿Cómo vivir imaginando que en algún lugar de la redondez del mundo, una maquina escupe cuerpos y deposita existencias repetidas sobre el pavimento? ¿Cómo vivir con la indiferencia, con las miradas jamás devueltas? ¿Cómo vivir entre cabellos, entre pieles que envuelven, entre pieles que ahogan? ¿Cómo vivir entre pies que nos caminan? ¿Entre una libertad que intenta creerse autopoietica? ¿Cómo vivir-se? ¿Cómo saber-se? ¿Cómo saber los labios del otro sin enloquecer? ¿Cómo llorar la vida? ¿Cómo llorarle a la vida? ¿Cómo estar en estado de demora? ¿Acaso se puede susurrar la demora? 
Maldito cómo, maldita demora que cuando se vuelve intensa ha de interceptar un cuerpo. 

Retratar inciertas lágrimas, escribir la lucha, retratar amores fallidos, intentar tornarlos quizá no tan fallidos. Naufragar sin quedar interceptados, naufragar, saberse en una vida que no dominamos. Sumergir un costado de la existencia en una vida indomeñable, sumergirla y salir a flote tan solo para que un sorbo de aire nos tome una y otra vez. Naufragar, sentir las pieles hincharse, embeberse en desconocimiento. Pieles que se humillan en la prisión que nos brinda lo conocido, en su incapacidad para salirse de sí, las pieles que en el agua se prefieren extrañas, se prefieren agrietadas, absorbentes en intensidad, venas pataleantes y cosquillas que no cambian más. 
La mujer que miraba de espaldas, se come una manzana. El asiento aloja unas piernas que tararean anécdotas. Dos mujeres hablan.  El dialogo con el colectivero hace estallar la realidad de un mediodía, toda una existencia esta acá, volviendo al oasis que la alberga, casi despegándose de la fachada universitaria, casi despegándose de lo que creyó alojar, de todo lo que hoy rozó el cuerpo, de todo aquello que vibra en demasía, despegando el comando del recuerdo, casi viendo la lucha entre figuras que estiran y modulan una boca que escupe discursos. ¿Acaso se obtiene descanso? ¿Acaso hay algo más hermoso que este incansable movimiento? ¿Acaso hay algo más hermoso que el susurro y las miradas?  ¿Acaso hay algo más hermoso que la complicidad que insinúa? Quien escribe cree por momentos…. estallar. Quien sabe... Quizás aquello pueda suceder, algo dice que es la imaginación que imagina tal estallido, otras voces dicen que es el pedido de un muro que pide por volverse tal, un muro que grita por blindar una existencia.
El blindaje quizá sobreviva en pensar todo esto,  creerse que uno busca explicaciones, creerse que hay algo que nos espera, que nos busca entre la multitud, creer que una mirada se posará y nos invitará a habitar otros mundos. Quizá todo sea ficción, Quizá la mujer que arrojaba miradas no exista para otros del mismo modo en que hoy se la retrata. Quizá, no haya tal "yo" que escriba. Quizás tan solo sean átomos danzantes en un tablero de extraños signos. Quizá el agua nos beba a nosotros. Quizá no haya tal "nosotros". Quien escribe cree que algún costado de esta existencia adviene creyéndose danza, naciendo y resurgiendo entre un eterno y doloroso: quizás.

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